19 de febrero de 2013

Un sueño de hace ahora más de diez años





Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular. Detrás, en el decorado de una casa entre decadente y familiar, podía sentir las voces de mi hijo y mi marido. Los dos en cueros. Los dos chapoteando en la pileta de plástico azul, con el agua a treinta y cinco grados. Era un domingo víspera de día feriado. Estaba a pocos pasos de ellos, oculta entre malezas. Los espiaba. ¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano, era la madre y la esposa de dos individuos? ¿Qué iba a hacer? Escondí el cuerpo adentrándome en la tierra. No iba a matarlos. Dejé caer el cuchillo. Fui a colgar la ropa como si nada. Abroché bien las medias de mi bebé y de mi hombre. Los calzoncillos y las camisas. Me miré como una campechana ignorante que cuelga ropa y se seca las manos en la falda cuadrillé antes de entrar en la cocina. No se dieron cuenta. La colgada de ropa fue un éxito. Volví a recostarme entre troncos. Ya se corta la madera para la próxima temporada. Los hombres acá preparan el invierno como las bestias. Nada nos distingue a unos de otros. Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par. A pocos kilómetros, mi vecino Frank, el primero de siete hermanos, se pegó un tiro en el culo la última Navidad. Linda sorpresita para su tribu de hijos. El tipo siguió la tradición. Suicidio con escopeta de tatarabuelo, bisabuelo, abuelo y padre, lo menos que se podía decir es que era su turno. El hombre, cliché de la infelicidad humana, les cagó la Navidad a todos, jo jo; los animales, en cambio, se resisten a ser tan inverosímiles. ¿Y yo? Una mujer normal, de una familia normal, pero una excéntrica, desviada, madre de un hijo y con otro, quién sabe a esta altura, en camino. Me metí despacito la mano en la bombacha. Y pensar que soy la encargada de velar por la educación de mi hijo. Mi marido me llama para unas cervecitas en la pérgola, pregunta si morocha o rubia y yo quiero primero acabar. Parece que el bebé se cagó y tengo que comprarle la torta de cumple mes. Otras madres seguro que la hacen ellas mismas. Seis meses, me dicen que no es lo mismo que cinco o siete. Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al segundo de parir suelen decir ya no imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pfff. ¡Ahí voy, amor! Quiero gritar, pero me hundo más en la tierra agrietada. Quiero gruñir, berrear, y en cambio dejo que los mosquitos me piquen, que se deleiten con mi piel azucarada. El sol me devuelve el reflejo plateado del cuchillo en la mano y me ciega. El cielo está rojo, violeta, tiembla. Oigo que me buscan, el bebé cagado y el marido en cueros. Ma-ma, ta-ta, ca-ca. Es mi bebé que habla, toda la noche. Co-co-na-na-ba-ba. Ahí están. Dejo el cuchillo en el pastizal quemado, espero que cuando lo encuentre parezca un bisturí, una pluma, un alfiler. Me levanto caldeada y molesta por el hormigueo en la entrepierna. ¿Rubia o morocha?; lo que prefieras, amor. Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra "amor" hasta cuando se detestan; amo, no quiero volverte a ver. Ahí voy, digo, y soy una falsa mujer de campo con una pollera roja a lunares y el pelo florecido. Rubia, traeme, digo con mi acento. Y soy una mujer que dejó estar y tiene caries y ya no lee. Leé, idiota, me digo. Leéte una frase de corrido. Acá estamos los tres juntos para una foto familiar. Brindamos por la felicidad del bebé y bebemos las cervezas, mi hijo sobre su sillita mastica una hoja. Le meto la mano y chilla, me muerde con las encías. Mi marido me quiere plantar un árbol para darle larga vida al bebé y yo no sé qué decirle, sonrío como una gansa. ¿Se da cuenta él? De todas las bellas y sanas mujeres que hay en la región, se vino a enganchar conmigo. Un caso clínico. Una extranjera. Alguien que debería ser clasificada de incurable. Qué día de humedad, ¿eh?, parece que tenemos para rato, dice él. Yo trago la botella en sorbos largos y aspiro por la nariz queriendo estar, exactamente, muerta. 

Matate, amor de Ariana Harwicz


Cuando tenía quince o dieciséis años, no recuerdo bien, tuve un sueño que se parecía a la pintura de Andrew Wyeth: Christina´s World, 1948. Tuve un sueño donde yo era una madre con un bebé que no quería a su bebé y si lo quería. Una mujer embarazada y con el vientre hinchado pero vacío. El bebe era una niña y estaba en mis brazos y de repente ya no estaba. Y yo corría por un prado exactamente igual que este. Un prado quemado por el sol, seco; corría por una tierra agrietada buscando a esa bebé perdida de mis brazos. Y oía la voz de un hombre. ¿Mi hombre? Gritando a través de la explanada. Y entonces la bebé aparecía pero ya no era rosada y tierna, sino un pequeño cuerpo gris. Un pequeño cuerpo de ceniza calcinado por el fuego. Y luego encontré este libro de casualidad porque no sabía que existía y lo leí y me vi a mí misma en ese extraño y lejano sueño de hace ahora más de diez años. Y yo no quería a la bebé. Y si la quería. Pero más que muerta, quería estar en otra parte. 

Apenas acabo de empezar esta breve novela de 149 páginas hallada en la sección "policíaca" de la Fnac. Y me intriga. Y me gusta el lirismo y esa voz femenina tan honesta, hermosa y desgarradora. Una bestia sutil que te deja sin aliento. Y leo en ella a Flynn y a Luiselli y, quizás, también leo a Irene Villar. Y a Plath. Y a Woolf. Y veo los sueños y las pesadillas y la maternidad y la escritura encerrados en una urna de cristal sin puerta. 

Leed a Ariana. 

12 de febrero de 2013

Perdida de Gillian Flynn






Por primera vez he podido leer una novela anticipadamente. Y no sé qué me ha producido más placer: leerla antes de su publicación el próximo 4 de abril o leerla en sí y sentirme enganchada a la trama durante tres días. Sí. Tres días para 556 páginas. ¿Conocéis esa sensación de no querer hacer otra cosa más que leer? Durante todo un fin de semana: de viernes a domingo con mis ojos fijos en las páginas. Las de Nick y las de Amy. Porque Perdida de Gillian Flynn (Roja & Negra, Mondadori) es una novela que tiene como co-narradores a los dos miembros de un matrimonio de treintañeros neoyorkinos y escritores. Sin duda, esto se puede presentar como una novedad para aquellos lectores adictos al género thriller: ninguno de ellos es policía ni investigador privado. Son Nick y Amy. La Asombrosa Amy y el Habilidoso Nick. Una pareja especial y corriente. Un matrimonio entrañable y tóxico. Así comienza:


Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. Lo primero que vi de ella, la primera vez que la vi, fue la parte trasera de su cráneo. Sus ángulos tenían algo de adorable. Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Tenía lo que los victorianos habrían descrito como “una cabeza elegantemente torneada”. Resultaba bastante fácil imaginar su calavera.

Reconocería su cabeza en cualquier parte.
Y lo que hay en su interior. También pienso en eso: su mente. Su cerebro, con todos sus recovecos, y sus pensamientos yendo y viniendo por dichos recovecos como rápidos y frenéticos ciempiés. Como un niño, imagino abriéndole el cráneo, desenrollando su cerebro y examinándolo cuidadosamente, intentando apresar e inmovilizar sus ocurrencias. “¿En qué estás pensando, Amy?” La pregunta que más a menudo he repetido durante nuestro matrimonio, si bien nunca en voz alta, nunca a la única persona que habría podido responderla. Supongo que son preguntas que se ciernen como nubes de tormenta sobre todos los matrimonios: “¿Qué estás pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro? ¿Qué nos haremos?”.


No sé si el tiempo del amor ha terminado en la literatura. Yo creo que lo que ha terminado es el tiempo del amor romántico y apasionado. Y ha llegado el momento de dejar paso a los entresijos de un amor que se extiende por las células de tu cuerpo como un cáncer. Un amor donde dos personas son capaces de entretejer el odio, las mentiras, la sangre, el semen, la locura y la redención. El amor es la infinita mutabilidad del mundo.

Asusta. Pensar en todo ello y leer esta novela como si tú fueras Amy en la primera parte. Y odiar a Nick por todos sus errores. Como otra pareja cualquiera donde, visto desde fuera, él siempre es el malo. Y hasta aquí puedo contar. ¿Cómo escribir sobre Perdida sin escribir sobre Perdida? Dos escritores que dejan Nueva York para mudarse a Missouri donde todo parece ir bien hasta que ella desaparece la mañana de su quinto aniversario de boda. La he leído en un fin de semana de temblores y escalofríos en mi propia relación. Sintiéndome igual de infinitamente mutable que la propia novela. Pero no soy Amy. Ni M. es Nick. Nuestro amor es más corriente, más sencillo, podría llegar a decir que hasta más aburrido. Y así lo prefiero. Un amor mutable y sencillo sin mentiras ni manipulaciones más allá de las justas. Un amor intenso, pero no punzante ni doloroso como el de Nick y Amy.

No sabía nada de Flynn hasta hace muy poco. Ni de sus libros ni de su vida. Espero que sea feliz en su matrimonio y que su marido no la tema cuando duerma a su lado por las noches. Espero que su marido no sienta el mínimo interés por la forma de su cabeza, su cabeza elegantemente torneada ni por su calavera. Lo que me gustaría es leer los otros dos libros de esta maravillosa escritora que ha conseguido engancharme y asustarme, envenenarme e inquietarme por mi propio amor.
Perdida es una novela de género, pero también una novela literaria, muy bien escrita. Una novela sobre la familia y lo cotidiano. Flynn ha cogido entre sus manos a una pareja cualquiera y la ha diseccionado hasta encontrar el origen del temblor. Las raíces de ese amor de doble filo. Flynn ha escrito sobre cómo el matrimonio es algo peligroso, porque estás unida a alguien que sabe a la perfección cómo presionar cada uno de sus botones y para qué sirve y qué activa cada uno de ellos y que, por eso, de proponérselo, puede llegar a hacerte mucho daño.

Leed Perdida como si vieseis una película de Hitchcock que no hubieseis visto jamás. Una película co-dirigida por Woody Allen y Hitchcock sobre el amor y sus síntomas más nocivos. Un libro que describe la oscuridad que se cierne sobre una pareja cualquiera que, aparentemente, se ama.