27 de junio de 2012

La vida allí debe ser feliz















La ciudad es un relato que escribimos y fotografiamos. Como las olas, es mortal. Y sus brazos son como las ramas del árbol nuevo: delgadas, desnudas, crecientes.  Por eso hay días en los que fotografiar la ciudad se convierte en un intento de supervivencia.

Permanecer allí. Sin saber cómo. Acostada boca abajo en un colchón con la intención de contar un viaje. El viaje. Los días y las noches que has pasado sin dormir. Estas fotografías son una puerta para poder abrir y cerrar los mundos. El de adentro y el de afuera. La ciudad que nace de un cruce de miradas, de un edificio con ventanas, de los rostros y los pájaros. Porque la ciudad nos construye como sujetos y depende de nosotros reconstruir la ciudad habitándola, contemplándola y dándole sentido.

Ya lo dijo Walter Benjamín Importa poco no saber orientarse en la ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. Y de esa pérdida nace la necesidad de contarla.

Ahora lo sabes. Quiero vivir en Lisboa. Porque envejezco y Lisboa tiene el olor de las ciudades viejas. Vayámonos a Lisboa, amor.


4 comentarios:

María Mercromina dijo...

Después de un año en Lisboa, vuelvo a casa. Es preciosa, sí, pero también Lisboa es una ciudad cruel.

Beijo

Sara Castelar Lorca dijo...

Totalmente de acuerdo con el comentario anterior...pero también amo Lisboa. Encantada de conocer tu blog, Carmen.

Lisboa


Las calles de Lisboa se muerden las esquinas
y lamen en secreto la pobreza,
suena un gemido frágil que roza como un fado,
como lágrima dulce,
como un verso sanguíneo de Pessoa
fluyendo por la vena del farsante.

Caes sobre el mundo como un crujido obsceno,
niña de rodillas sucias,
arena penetrada de palidez y escombro,
las orillas del Tajo te escupen en las nalgas
cuando estás más desnuda,
cuando suenas a carne y a pendiente
y lésbica te agitas.

No hay palabras que toquen este silencio sucio
que brota en todas partes,
ese aroma lascivo de los perros subiendo por los muslos,
y tú, tan suya
balbuceas en la lengua del vencido toda oscuridad perversa
y ofreces al amor el esqueleto.

Vas a la noche azotada de cal, preñada de claveles,
y amas, amas como no es posible amar
sin la prolongación del ángel,
sin el tiempo que lentamente curva tu honda anatomía.
Tu desnudez ya no te pertenece
ni tus rezos
ni la espina cruel de tu blancura donde se rompe el aire.

Porque tú, niña despeinada de río,
con dulcísimo temblor de gorriones
has girado en el mar.

Carmen G. de la Cueva dijo...

Hola Sara, encantada de tenerte por aquí y bienvenida. Precioso el poema.

diana moreno dijo...

precioso reportaje!