25 de noviembre de 2011

Como fantasmas los días avanzan y se pierden











Cada otoño una parte de mí se desprende como las hojas de los árboles. Una parte de mí cae al suelo y cruje si la piso. Cruje y me despierto y, entonces, me doy cuenta de que soy yo quien está tumbada sobre la acera lamentándose. El frío llega y se clava en la garganta. La infancia es un cuchillo clavado en la garganta. La infancia nos persigue. La infancia es el lugar donde habitan las preguntas. Existe en alguna parte. Pero yo ahora confieso el desencanto. Siento, a veces, que no queda aire ni tiempo ni presente. Supongo que en el placer hay algo triste. Y en las ciudades. Una clase de soledad que te cala los huesos y se queda ahí. Una soledad que te ocupa el cuerpo y los recuerdos. Ahora la infancia es dolorosa. Porque ya no está. Porque existe lejos y no la alcanzo. Y no puedo recuperarla. Y corro y vivo y sueño y nada me acerca a ella. El frío que viene es la infancia perdida. El mismo dolor. El mismo rostro desfigurado y esculpido en hielo. Y las ramas secas son sus brazos.

Esta es la escritura invisible. Las palabras que dan vueltas y vueltas y nunca escribo. Porque no hay tiempo. No hay tiempo. No hay tiempo. Porque tengo miedo. Si pienso en mí misma solo encuentro confusión. Unas dudas que me mantienen en vigilia. No quiero más que estar sola. En silencio. Lejos del temblor y la niebla. Escondida entre páginas blancas.







No me esperen levantados. Me marcho unos días a París.



3 comentarios:

Carlos Andrés dijo...

Francamente. La espera ha merecido la pena.
Sois heureuse en Paris.
(Me vuelvo a la cama).

bemopri dijo...

Es precioso lo que escribes, Carmen. El otoño parece que siempre nos agarra con fuerza y nos debilita un poco. La infancia nunca se va a ir de tu lado si tú no la dejas escapar, sigue estando ahí, en las dudas, en las ilusiones, en los proyectos y en la curiosidad que nunca hay que dejar morir.
:*

Carmen G. de la Cueva dijo...

Gracias a los dos (mis únicos lectores).

...en breve, París.