28 de junio de 2011

Mete la mano en el abismo


Escribir es estar solo. Cómo estar solo. Aprenderlo en una noche a oscuras, en una habitación sin nadie que te guie. Sin nadie que susurre al otro lado. Escribir es estar solo y sentir un profundo dolor en el estómago. Escribir es el vano intento de deshacer el nudo en la garganta y llenar el vacío que dejan los días críticos. Escribir es temblar. Estar solo. Estar solo. Y aprender a decir el dolor. Estar en medio del silencio. Sin saber qué decir. Sin saber cómo expresar la incertidumbre. El desencanto. El error. Los sueños que se borran. La nostalgia que crece. Puede que sea, escribir, la única forma de escapar de la vida que se ha vuelto otra vida. Qué lejos. Y qué perdida. Las raíces se pierden en el frío y la luz mengua. Ahora veo lo que no fui, ni seré. La niña herida. El terror oscuro. La mujer amante de los límites. Las ruinas del futuro.




Tenían veinte años y estaban locos





"Como todas las mujeres enfermas" estrena hoy la veintena en Tenían veinte años y estaban locos

23 de junio de 2011

Ciudad mansa o cruel I












Estos son los días pesadísimos en la ciudad Qué ciudad La ciudadfin la ciudadmuerte los días pesadísimos en la ciudadpáramo Con los ojos cerrados y las manos podridas Con la cabeza cercenada Con la cabeza atravesada de días Enturbiados bochornosos asesinos complicados tristes vulgares desdichados Estos son los días estériles en la ciudadesierto Latimos Respiramos Morimos de vacío



20 de junio de 2011

Mis sueños siempre fueron pájaros con sombrero de paja




Cada viaje lleva inscrito la posibilidad aterradora y euforizante de no regresar nunca. Por eso decimos adiós.


ALEKSANDAR HEMON



15 de junio de 2011

Los temores de la señora V

La señora V no se planteaba si podía vivir. Ella quería hacerlo. Pero durante un tiempo de su vida eligió la pena. Y sus días críticos pasaban uno detrás de otro como páginas de un libro. Su tristeza se dilataba en el tiempo. Y mientras tanto ella esperaba a que pasase como quien espera la información sobre el curso de una enfermedad. En sus pensamientos más oscuros habitaba la idea de que cualquier cosa que existiera, tendería a la desaparición. Ella creía profundamente en que su desaparición era posible. Y se afanaba en ahuyentar la pena y ocasionar la vida. Pero no sabía cómo hacerlo.

Sufría los torpes intentos por mantener la habitación caldeada para no morir de frío aunque afuera el verdor de los parques diese lugar a una fulgurante primavera en el sur. Tenía miedo a los efectos del viento en sus ventanas (bien es cierto que en torno a las paredes de su piso soplaba un fuerte viento de levante). La señora V vivía en el piso número diecisiete de un alto bloque de edificios y siempre soplaba un temerario viento de levante.

Nunca hablaba de sus sufrimientos. Si querían saber de ella, solo tenían que oírla suspirar por las tardes cuando el intenso azul del cielo comenzaba a apagarse. Era entonces cuando ella quedaba a solas con su deseo y su pena. Con el deseo de vivir y la pena de creerse aniquilada por fuerzas invisibles que la estaban llevando a la locura. Una creencia completamente infundada según sus amigos más cercanos –a los que no dejaba penetrar en sus pensamientos- que la hacía querer alejarse de los balcones y los portales. No veía más que la luz que se filtraba a mediodía por las persianas de su habitación.

Temía su desaparición y a causa de la cruel demencia que se estaba apoderando de ella, veía moverse por el piso sombras imaginarias. Sombras a las que adjudicaba voz y llanto. Y ese llanto la atormentaba por las noches. Eso contaban los pocos amigos que le quedaban. Había en su cuerpo una gran tristeza. Y temores. Los ya mencionados temores a desparecer que la mantenían en un encierro voluntario. Todo el piso olía a insomnio y café. Un olor intenso que, en ocasiones, podría confundirse con el olor a moho de la muerte. La señora V esperaba y esperaba y luchaba contra esa espera por poder recuperarse. Pero nadie sabía a qué la estaba conduciendo. Porque aquella espera era el camino más inmediato hacia el sueño. Y no el sueño profundo y reconfortante del que uno se despierta como renacido. No. Sus noches en vela la estaban llevando a un sueño más parecido a la muerte. El sueño es la muerte. La muerte, desaparición. Y la señora V no dudaba de que su único fin posible fuera ése.

Su rostro lucía cada vez más apagado. Sus manos débiles no alcanzaban, ni siquiera, a prender la taza de café sobre la mesilla. Que el terror es la maldición del hombre por todos es sabido. Y su imagen era la imagen del terror mismo. Cada vez más frágil. Cada día más endeble ante los otros. Sus temores se estaban haciendo realidad: la señora V se acercaba a la desaparición. Y tenía miedo. Su cuerpo iba borrándose. Como si, verdaderamente, nunca hubiera existido. Sus pupilas dilatadas y tenues. Sus latidos, apocados…

Entonces llegó la muerte. Era muda y era sorda y estaba llena de remordimientos. Y llegó porque toda muerte tiene su momento.

La señora V desapareció cumpliéndose así su propio diagnóstico. Desapareció porque todo lo que existe tiende a desaparecer. Y nunca más se supo de los temores que, una vez en plena primavera, atormentaron a una mujer que vivía sola y acostumbraba a no asomarse a las ventanas para ver qué la esperaba al otro lado.


14 de junio de 2011

En construcción




Después de desaparecer y quedarme en la nada. Tras un medio año de decepciones, manías y pérdidas. Como leer no es suficiente (no basta con leer). Escribir debería ser la mejor manera de sobrevivir en esta ciudad-fin que a todos agrada y a mí me ha sumergido en un profundo tedio. Es raro no saber para quién se escribe. Supongo que esto ocurre cuando alguien abandona al olvido a un blog-muerte que te adormece los dedos y no te motiva. He rescatado mi antigua dirección y en estos momentos la voluntad de revivirlo y descontornearlo me lleva a querer recuperar imágenes, recuerdos, momentos y todas esas cosas que en estos últimos meses han quedado relegadas en mi memoria a causa de una ensordecedora rutina. No prometo nada. No más pretensiones ni aspiraciones que anulen el deseo implícito de recuperarme en este espacio imaginario.

Estoy en construcción. Disculpen las molestias.