18 de julio de 2011

La soledad no se encuentra, se hace








No recuerdo el día que dejé de anotar los libros que leía. Siempre he pensado que ,a través de las lecturas, uno puede verse a sí mismo mudando las hojas como si fuera un árbol. Cambiar las hojas como quien muda la piel. Hay momentos en los que encuentras un libro tras otro y tus ramas se cubren con frondosas hojas. Las hojas nuevas anuncian transformaciones. El verano siempre fue un tiempo fértil para crecer a la sombra de los buenos libros. También para la escritura. Uno imagina, cuando no puede viajar mucho, que vive en una ciudad extranjera y va de un lado para otro con un libro entre las manos. Con un libro cuyo comienzo es un ritual. Un libro con fragmentos repetidos en voz alta y aprendidos de memoria en transportes públicos . Leídos al cobijo de una soledad acostumbrada entre la multitud. Unas líneas que, sabidas de memoria, ayudan a orientarse por las calles. Fragmentos que son refugio. Uno imagina que todo empezó en otra ciudad y en otra vida. Extraviada, a veces. Cuando yo vivía sola y escribía para no gritar. Cada línea era una herida abierta. Ahora, recorro las ciudades como quien recorre los libros ya leídos. Recorrer en vano para encontrar qué. Quien escribe es el que crea silencios y vacíos. Nada hay de cierto en estas palabras. No todo es literatura.

2 comentarios:

Elena Lechuga dijo...

no todo es vida

Nata Ruiz-Poveda dijo...

todo es escribir, escribir lo que es, y lo que no.