27 de mayo de 2010

Señales que precederán al fin del mundo





Nunca podía estar segura de lo que había soñado, de la misma manera que no podía estar segura de que un lugar estaba donde indicaba un mapa hasta no haber llegado ahí; pero tenía la impresión de haber soñado con ciudades perdidas: literalmente: ciudades perdidas dentro de otras ciudades perdidas, deambulando todas sobre una superficie impenetrable.

Miró el país que proliferaba tras el cristal. Ella sabía lo que había ahí, sus colores, la penuria y la opulencia, los recuerdos vagos de un tiempo menos cínico, los pueblos vaciados de hombres. Pero al contemplar la tensa calma de la noche, la oscuridad agujereada de chispas aquí y allá, imprecisamente, al sentir ese silencio mustio, se preguntó qué carajos se estaría fermentando ahí: qué crece o qué se pudre mientras uno mira en otra dirección.


Yuri Herrera


17 de mayo de 2010

El sujeto es arena


Hay que aprender

del desierto.

Aquí la arena

ha llenado una grieta,

aquí ha cegado un cráter,

allí igualó las rocas.


Así nosotros

deberíamos,

si no lo hacemos ya,

castrarnos, mutilarnos,

hacernos pedazos

hasta caber

en la angustiosa

rendija

de la vida.


VLM

15 de mayo de 2010

Praga-Cracovia-Granada-Sevilla o ahora me detengo

Estoy devuelta al Sur. Cuesta enfrentarse al vago desierto que forma la página en blanco. El tiempo pasa veloz y la lengua se seca. Siempre hay tiempo para marcharse si sabes adonde ir. Ulises cruzó el desierto para verme. Trajo consigo arena y los versos de Kavafis y a cambio se llevó los de Valente. M. y yo atravesamos la Chequia y parte de Polonia hasta llegar a Cracovia. Paseamos y compramos amuletos de papel. Fuimos a Auschwitz. Cientos de maletas, pares de zapatos, mechones de pelo, fotografías con nombre y fecha. Escalofríos. Escalofríos que paralizaron mis pies y párpados. Auschwitz es la nada. Auschwitz es todos nosotros. La angustia del horror detenida en el silencio de un campo de hierba. La librera de Cracovia nos habló de sus sueños. Ella atrapada en el campo de exterminio. Una pesadilla repetida cada noche durante años desde que visitó Auschwitz con sus profesores y compañeros de clase. Esa misma noche un desconocido nos siguió por las calles de Cracovia y nunca supimos su identidad. La memoria, si la dejas, desordena a su antojo los recuerdos. Soñé que era Auxilio Lacouture. Leí Amuleto como si leyera mi propia historia. Me creí la madre de la poesía mexicana. Y que México Distrito Federal, metrópoli apocalíptica donde todo lo que puede llegar a ocurrir y no ocurrir indefectiblemente ocurre. Llegó el momento de despedirse de Praga. Otra ciudad ciudad más que se me escapa de las manos. Mi respiración se oxida a medida que acumulo kilómetros. Una inmensidad vacía. Volver al Sur. Dejar a M. en el Norte. Llevo sobre mis tiernos hombros una distancia que me incendia la garganta. Estar, ahora, en casa con la triste escritura de una apátrida. Cuál es mi lugar. Me esfuerzo en descifrar los pasos. Granada llama. Asesino de espejos me acoge entre sus pueriles manos y me enseña la vida bohemia. Paseos largos por los tristes, libros y libros y versos de plástico y carne, cartas a desterrados, suizas, vainilla, Nicanor, Claribel y Penélope con sus certeras misivas: es mejor para ti / que te demos por muerto. Comprar Exhumación y hablar de máscaras y superficie. Sobrevivir en Ciudad Juárez. Hablar de la muerte. Pensar en un poema. Escribirlo mentalmente. Volver a Sevilla. Permanecer aquí. Sin saber cómo. Acostada boca abajo en este colchón sucio con la intención de contar un viaje, el viaje. Los días y las noches que has pasado sin dormir porque no tenías versos. Ni poemas. Ni dunas blancas y hondas en las que ocultarte para encontrar tu sitio. Por qué preguntarse todo el rato. Un libro posible. Un desierto aproximándose / un desierto que me habita. Un lamento que posee el silencio y da voz a la herida. Quietud. Deriva. Quiero crear una puerta: para poder cerrar y abrir, como pupila o párpado, los mundos.