Voyeur. Sangran mis labios mientras veo desde mi ventana cómo una chica se desnuda mientras él, sentado en la cama, la observa vestido. Ella no lleva sujetador bajo el jersey. Tiene el pelo rubio. No alcanzo a ver sus ojos. Solo sé que él la mira mientras se desnuda. Sus pezones son pequeños. Apenas dos puntos oscuros en el desierto de su pecho. Ahora él se levanta y comienza a besarla sosteniéndole el rostro. Podría ser la escena de una película porno o la de un drama americano. Pero no, estos fotogramas que describo tienen lugar al otro lado de mi ventana. Son las tres de la mañana y su ventana es la única que permanece encendida. Porque hacen el amor con luz. Con la luz artificial de una bombilla. Yo puedo soportarlo todo. Incluso verlos -estática a este lado- sin inmutarme. Descalza y en ropa interior mientras ellos atraviesan sus cuerpos en favor del deseo. Estática y expectante hasta que cierran las cortinas. Quizás me hayan visto observarlos sin moverme durante los cinco minutos que han actuado para mi. Ellos no lo saben, pero la escena sigue en mi cabeza.
Fronteras. Un poeta no puede soportarlo todo. Ni la ruina ni la locura ni la muerte. Yo sí. Sé que hasta la ceguera puedo soportar. Hasta el nomadismo que me hace temblar. Ya no puedo amar a nadie. No existo. Y por eso creo que soy la creacción de algún novelista neurótico. Como cualquier poeta, soy ególatra. Aunque no escriba versos. No existo. Pero sangro. Los labios, las manos y la garganta. Para sufrir me basta conmigo. Un gritar a solas entre cristales blindados será suficiente para sobrevivir. Tengo el convencimiento de que debí arder en un extraño fuego y ahora mi cuerpo no es más que ceniza. Restos de memoria desfigurada. Espectro. Siempre me dejo algo de mí. Pero no es un engaño. Solo herrumbe.
Llamadas telefónicas. Dispongo de una infinita fragilidad para entregarme. Pero no conozco el horizonte. No debiera importar que no te tenga. De madrugada me encontré entre hombres de fierro. Deshechos. Desnudos. Me quedé sentada en la acera sin saber callarme. No soy otra cosa que literatura. Y me asesino constantemente con la lengua. Esto no es una ciudad. Es una jaula que salió en busca de un pájaro. No pienso escribir jamás nada. Odio a los jóvenes. Con su pasión violenta acorralando el cuerpo. Para facilitar el hueco de las cosas podría enfriar mi sangre. Clavarme cuchillos de tierra en la planta de los pies.
Errante. Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Las ramas y el crujido de las hojas secas inventan un lenguaje para comunicarse conmigo. Me hablan. Pero tengo los ojos cerrados. Supongo que soy una mujer de agua. El símbolo del bosque es interesante: la sexualidad debe salir físicamente del dominio de lo visible, de lo consciente, de lo iluminado. Mi saliva es tóxica. Nunca sigo los consejos de otros. Tampoco los míos. La naturaleza se ha equivocado conmigo. Digamos que mi piel es terreno fértil. Aquí no hay poesía.


