15 de noviembre de 2009

Cuando cruzo un puente algo dentro de mi sale corriendo y se tira






Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte.


Bolaño


Voyeur. Sangran mis labios mientras veo desde mi ventana cómo una chica se desnuda mientras él, sentado en la cama, la observa vestido. Ella no lleva sujetador bajo el jersey. Tiene el pelo rubio. No alcanzo a ver sus ojos. Solo sé que él la mira mientras se desnuda. Sus pezones son pequeños. Apenas dos puntos oscuros en el desierto de su pecho. Ahora él se levanta y comienza a besarla sosteniéndole el rostro. Podría ser la escena de una película porno o la de un drama americano. Pero no, estos fotogramas que describo tienen lugar al otro lado de mi ventana. Son las tres de la mañana y su ventana es la única que permanece encendida. Porque hacen el amor con luz. Con la luz artificial de una bombilla. Yo puedo soportarlo todo. Incluso verlos -estática a este lado- sin inmutarme. Descalza y en ropa interior mientras ellos atraviesan sus cuerpos en favor del deseo. Estática y expectante hasta que cierran las cortinas. Quizás me hayan visto observarlos sin moverme durante los cinco minutos que han actuado para mi. Ellos no lo saben, pero la escena sigue en mi cabeza.

Fronteras. Un poeta no puede soportarlo todo. Ni la ruina ni la locura ni la muerte. Yo sí. Sé que hasta la ceguera puedo soportar. Hasta el nomadismo que me hace temblar. Ya no puedo amar a nadie. No existo. Y por eso creo que soy la creacción de algún novelista neurótico. Como cualquier poeta, soy ególatra. Aunque no escriba versos. No existo. Pero sangro. Los labios, las manos y la garganta. Para sufrir me basta conmigo. Un gritar a solas entre cristales blindados será suficiente para sobrevivir. Tengo el convencimiento de que debí arder en un extraño fuego y ahora mi cuerpo no es más que ceniza. Restos de memoria desfigurada. Espectro. Siempre me dejo algo de mí. Pero no es un engaño. Solo herrumbe.


Llamadas telefónicas. Dispongo de una infinita fragilidad para entregarme. Pero no conozco el horizonte. No debiera importar que no te tenga. De madrugada me encontré entre hombres de fierro. Deshechos. Desnudos. Me quedé sentada en la acera sin saber callarme. No soy otra cosa que literatura. Y me asesino constantemente con la lengua. Esto no es una ciudad. Es una jaula que salió en busca de un pájaro. No pienso escribir jamás nada. Odio a los jóvenes. Con su pasión violenta acorralando el cuerpo. Para facilitar el hueco de las cosas podría enfriar mi sangre. Clavarme cuchillos de tierra en la planta de los pies.

Errante. Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Las ramas y el crujido de las hojas secas inventan un lenguaje para comunicarse conmigo. Me hablan. Pero tengo los ojos cerrados. Supongo que soy una mujer de agua. El símbolo del bosque es interesante: la sexualidad debe salir físicamente del dominio de lo visible, de lo consciente, de lo iluminado. Mi saliva es tóxica. Nunca sigo los consejos de otros. Tampoco los míos. La naturaleza se ha equivocado conmigo. Digamos que mi piel es terreno fértil. Aquí no hay poesía.

11 de noviembre de 2009

Ni poeta. Ni lunática. Ni hambrienta.

Lulú# 11.11. Praha

Yo siempre quise ser escritor. Pero me dijeron: no sueñes. Y no dejé de creer. En mi. En las gordas; las feas; las lanzadas; las borrachas; las abstemias; las sinceras. En las poetas. Y las ingenuas. Y volé. Y vi otro mundo. Hombres guapos. Párpados rotos. Labios agrietados. Huesos hambrientos. Me asustas. Ahora no tengo mucho tiempo. ¿Vives en Praga? ¿Te apetece quedar para tomar algo? Cuando dos copas de vino son suficientes para dejarte ebria / ansiosa / cachonda / guerrera / Tú. No hace falta mentir. Ni decir que el Norte es el punto cardinal idóneo para romper las fronteras. Que la posibilidad existe. Y el riesgo no vence ni gana ni sufre. Eres tú. Quien corre o se detiene. Entre la nada y la nada. Porque el todo o el extremo del alambre nunca se clava en la carne. Solo roza. Y penetra. Nunca fue suficiente para agarrarse. Para confiar. Para dar por concluidos los pasos ciegos. O mantener el equilibrio. El extremo de un alambre sangra. Escribes sin rumbo con alcohol en los dedos. El aliento huele a sexo. Eres tú. Quien busca y no juega. Y juega. Y come. Y muerde. Y sangra. Y cree. No es cualquiera quien se mira en el reflejo de una ventana cuando la luz se esconde y el cielo vence el temor de quedarse quieto. Eres tú. La que habla. La que comete delitos con la lengua. Ama. Gana la batalla a la inseguridad. Ni miente. Ni finge. Soy yo. La que se mira al espejo. 23. Noviembre. Otoño. Praga hambrienta. Praga nocturna. Praga errática. Yo, la extranjera. Vocación y frontera. La que late. Quema. Pervierte. Seduce. Y habla. No calla. Habla y habla y habla y no calla. Mi lengua no conoce las fronteras del silencio. Mi voz ni teme ni suaviza. Yo, transparente y ceniza. No hay clandestinidad ni lluvias que corroan las uñas. Soy una lengua vertiendo saliva caliente sobre la piel que es frontera entre el yo y el otro. Y no es bastante escribir de mi en tercera persona y creerme ficticia. Soy yo. Cuando mis contornos se perfilan con el filo de una navaja que en mi bolsillo encuentra el calor que mis manos le dan a mi sexo. No es otro sexo. Es mi sexo. Y mis pechos. Y mis labios. Los que lamen / muerden / besan los límites del cuerpo y de la grieta. No es el tiempo. Ni la lluvia. Ni siquiera el frío. O la soledad de ser solo una en un mundo habitado por un solo objeto. Lo repito. Soy yo. [Aunque peque de egocéntrica] Quien advierte y adivina el deseo. Y la muerte. Soy yo la que cae con mis puntos y mis nexos y mi Vértigo. Me aproximo al barranco y abro los ojos para ver el precipicio y acariciar con la punta de los dedos el dolor. Y el abismo. El placer se esconde tras el riesgo. No es cualquiera. No es ni puta. Ni poeta. Ni lunática. Soy yo y seguiré sumando. El temblor, la herida, la grieta. Sin prejuicios ni etiquetas. Yo y mis idas. Mis deseos; mis viajes; mis dedos. Y el desierto donde creceré. La imagen sobra. Ni hombros. Ni pezones. Ni miradas. Es mi palabra la que erecciona tu ojo. Mi palabra y mi pulso enfrentándonos a la ventana en blanco.

1 de noviembre de 2009

El nómada toma por hogar una idea o el lugar de la herida


L tacha la primera palabra de lo que escribe mientras no deja de comer patatas fritas. Es el primer domingo de noviembre y la temperatura no sube de 0. Hablaré de mí en tercera persona, advierte sin frenar el paso del bic que tiene entre los dedos. La comisura de los labios guarda restos de mayonesa, pero no le importa. Está sola porque quiere. Piensa que podría ser peor. Estar sola sin querer. Todavía puede elegir. Y en un acto reflejo se lame los dedos con la lengua. Piensa que la lechuga sobra. Parejas con bebés. Parejas de amigos. Parejas de novios. El 1 es el número perfecto. Hoy es 1. Hay un chico con pelo largo, chaqueta motera y de unos 27 años que no para de dar vueltas en torno a las mesas. L acaba las patatas. Y no sabe a dónde ir. Podría irse a casa y escribir un post sobre el amor a las ciudades. Pero prefiere quedarse sentada en ese centro comercial, lugar común entre urbes, y acabarse el refresco. Sabe que es peor poeta que persona. No es difícil darse cuenta de que hace meses que no escribe un verso. Sus cuadernos se pueblan de descripciones a medias, oraciones inconexas sobre el hambre y los desiertos -que siempre son el mismo-. Notas escritas sin luz ni asombro que la conducen a un punto no retornable. Da vueltas sobre sí misma. Sobre su mierda. Siente que se descuelga del vuelo, que vive a la intemperie, que sangra y se hace cada vez más débil. Finge con astucia la caída. Se encierra y toma aliento. Desde que volvió de M, lo sabe, ya no ha vuelto a ser la misma. Piensa en el desierto y la muerte. Los desiertos, como los enfermos, son objetos, aunque vivos, al borde de todo, en proceso de consumación.



L está al borde del invierno. Aquí no hay sexo. Ni amuletos. Ni perros románticos. Ni viciosos. No hay amantes. Ni desiertos. Los cementerios, como los desiertos, son tiempo, intangibles, infinitos, al borde de la vida, en proceso de defunción. Acaba de verlo de nuevo. El chico que da vueltas en torno a las mesas busca restos de comida. Traga lo que otros dejan. No hay amantes ni desierto. Ni siquiera poemas. Podría pedirse un helado o volver a casa y publicar estas notas con alguna foto de ella misma para que cuatro, cinco, a lo sumo, diez extraños la lean. Y así saberse observada mientras se convence de que está sola porque quiere. Piensa en R raras veces. Cuando el recuerdo logra atravesar los muros de su autocontrol. Ella se psicoanaliza constantemente. Lo convierte en un juego. Piensa en R cuando se hace de noche, porque la noche lo permite. Permanece dentro de ella varios días hasta que algo extraordinario sucede y vuelve a prescindir de él. Piensa en su sexo. En su marcado abdomen. En los versos del cuaderno que le leía mientras ella, desnuda y tumbada sobre su cama, se acariciaba los muslos. No sabe lo que quiere. Quizás huir al desierto. Salvarse. O comprar zapatos. Sigue teniendo hambre como el chico que da vueltas en torno a las mesas. Él, vigilante de patatas fritas y ensaladas sin aliño. Ella deja de escribir. Se va. Piensa en que de camino a casa en el 193 puede que se le ocurra la manera de entenderse. O de olvidarlo. Porque duda o no sabe / sigue buscando. ¿Y a qué, por quién / las preguntas? / La vida se disipa.